Conversaciones - Yudai
- Lara

- 20 mar 2020
- 2 Min. de lectura
Él había llegado al hostel tres días atrás, aunque hasta ese momento jamás le había prestado atención. Coincidimos una noche en la cocina; yo estaba a punto de cocinarme algo que no recuerdo, supongo que arroz o fideos. Por su lado, él estaba preparando un plato extravagante con pescado que yo observaba detenidamente con los ojos bien abiertos. En una pequeña sartén, se escuchaba cómo salteaba un menjunje con ingredientes que no logré descifrar y ya excedida de intriga, comencé a hacer preguntas:
"¿Qué es eso? ,¿qué le estás volcando arriba?, ¿de dónde sos?, ¿estás viajando solo?, ¿y por qué viniste a Perú?"
Me observó confundido por la cantidad de palabras pronunciadas en menos de un minuto, pero no dejó de devolverme una sonrisa de oreja a oreja. Intentó -como pudo- contestar todas mis inquietudes; Yudai es japonés. Viajó solo desde Tokio a Lima para aprender sobre la cocina peruana. Después comenzó a explicarme el plato que estaba cocinando: manzana con edulcorante con algo extraño que juntos formaban una receta con un nombre muy impronunciable para mí. En medio de la clase de grastronomía japonesa, sus gestos y expresiones lo habían delatado; el pobre chico no hablaba una gota de español. Nos comunicamos en inglés y así entablamos nuestra efímera amistad, constituída por pequeños encuentros en la cocina y conversaciones asistidas por el traductor de Google.
Una noche, en plena cena, me preguntó tímidamente si acaso yo conocía algún plato, o algún ingrediente típico del Perú. Le comenté sobre lo poco y nada que sabía: ceviche, chicha morada, mucho arroz, más de 6.000 tipos de papa (ya para este entonces, mi tono de voz cada vez más apagado delataba la vergüenza que sentía de haber estado dos meses en Perú sin conocer nada de su gastronomía). Contemplando sus problemas de comunicación, le propuse reclutar información en los mercados y restaurantes para luego transmitirselo. Me regaló una sonrisa enorme y muchos "gracias" seguidos.
Lastimosamente, Yudai viajó a Arequipa antes de que pudiéramos concretar ese tan deseado plan culinario. Con su mochila en la espalda, me despidió con muchos más "gracias", la misma sonrisa de las últimas charlas y un último comentario:
"Ey... Yo estoy documentando todo lo que me pasa acá en Perú porque me interesa escribir un libro cuando llegue a Japón. Me gustaría que me digas tu nombre, así puedo incluirlo en mis relatos"
Tecleé mi nombre en su teléfono pensando -voy a aparecer en un libro japonés, ¿ya soy famosa?- y sobretodo, pensando en lo increíble que es poder formar estos vínculos, totalmente convencida de que no los entablaría si no estuviera de viaje.
¿Y para qué viaja una, si no es para tener en su bandeja de entrada de Instagram un mensaje de un japonés agradecido que abrió las puertas de su gentileza, pidiendole que por favor le informara si algún día llega a visitar Tokio para poder organizarle una visita guiada personalizada? Para qué, si no es para encontrarse con otras subjetividades, de otra parte del globo, en una cocina cualquiera, compartiendo una conversación, de la mano de muchas preguntas y una buena porción de bondad.



Me encanta tu bloog Lara😍😍 espero que esten súper bien en la cuarentena en Perú