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Un día en Arequipa

  • Foto del escritor: Lara
    Lara
  • 4 mar 2020
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 16 mar 2020


Me despierto y subo a la terraza a por mi desayuno gratis. La frase "todo lo que sea gratis es bienvenido" se convirtió en un mantra para mí. Se asoman tímidamente sus dos volcanes por detrás de las nubes que anuncian una posible -y muy probable- lluvia. Pienso en la bolsa de ropa sucia que se esconde debajo de mi cama; "otro día sin poder lavar, consecuencias de visitar Arequipa en plena época de lluvia".

Mientras me sirvo la tercera o cuarta taza de café, escucho cómo se aproxima el camión de la basura a la calle del hostel, ¿cómo? por alguna extraña razón, siempre que está en servicio reproduce la canción de La Sirenita. No pasa un día sin que me ría de la confusión cuando la oigo.

Una vez terminada la limpieza de la vajilla utilizada, descansamos y pensamos el día: ¿qué almorzamos?, ¿qué cocinamos para vender?, ¿quién va a comprar?, ¿a qué hora vendemos? Salimos en dirección al Mercado pensando el discurso que utilizaremos para pedir algunas sobras. "Mamita, ¿no tendrá una verdurita medio podridita para ponerle a la sopita?" Todo con ita porque así es tierno y garpa más, o eso creemos. Nos volvemos a cocinar con la mochila llena y riéndonos de alguna que otra señora que nos recomendó amablemente que dejemos de pavear y salgamos a trabajar.

Almorzamos, y como tradición suprema arequipeña, después de un pieda, papel o tijera (que obvio, perdí yo) cruzo a comprarle a la señora del almacén. "¿no me da dos porciones de torta de naranja y una de chocolate?" le doy 3 soles y me voy. Ya debe esperarme con las porciones listas.

Momento de vender, hoy tocó torta frita. Nos proponemos recorrer el mismo circuito de venta de todos los días. Derecho por Puente Grau hasta su extremo final, de ahí nos dirigimos a la Subida del Ángel para llegar al barrio de Yanahuara -qué pintoresco que es, qué ganas de caminar que me genera, y qué extraña sensación de querer ir a Italia me transmite- donde efectivamente vendemos bastante. Para finalizar, vagamos un rato por la plaza de armas hasta que nos queden 6 torta fritas tan frías como la noche y tan duras como la vida y volvemos al hostel, siempre a carcajadas porque ¿¡cómo puede ser que en esta ciudad la gente sea tan tímida?! y de la respuesta por excelencia de la sociedad del Perú al ofrecerles lo que vendemos: "..............no todavía" siempre tímidamente. ¿Será que gritamos mucho? Ay, que si seremos argentinos.

Cenamos aunque en el hostel no se pueda usar la cocina de noche. El encargado de la cocina, desconfiado, cierra todas las gabetas bajo llave sin saber que aprendimos a abrirlas: agarramos un par de saquitos de té. Consagramos la noche compartiendo un silencio imperioso en la terraza, de la mano de nuestras tazas y de la noche imponente que vemos detrás de los edificios. Una marea de lucecitas pequeñitas sofisticadas hacen al paisaje. Suspiro. Qué lindo día en Arequipa.

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