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La vez que me enamoré de la simpleza de una ciudad inmensa

  • Foto del escritor: Lara
    Lara
  • 6 mar 2020
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 16 mar 2020


Cusco es una ciudad inmensamente preciosa.

Recuerdo el día que arribamos a su mundo de callecitas apedreadas y escaleras empinadas, me quedé sin aliento. En mi cabeza surgía esa absurda idea de estar en una película mientras atravesabamos la gran Plaza de Armas, rodeada por galerías con balconcitos pintorescos que lo único que me generaban era una envidia sana por las señoras que tomaban su café desde allí. Daba la impresión de que cada edificio, cada persona, y hasta cada escalón estuvieran en su lugar por una única cuestión: hacer de Cusco una belleza indiscutible y sobretodo, una gran ciudad para acojer en brazos a los turistas.


Sin embargo, no fue esto lo que me cautivó de este destino.


Días más tarde de haber llegado, decidimos alquilar un departamento en las afueras del centro ostentoso lleno de restaurantes y hostels y luces y turistas y nos instalamos en la periferia. Al mudarnos a nuestro nuevo hogar, vimos una faceta de Cusco mucho más real, como si acabara de despertarse de un sueño muy profundo, a cara lavada. Aquel barrio, un poco desaliñado y bastante crudo, no tenía como objetivo enamorarte y estaba muy lejos de temerle al rechazo extranjero. Era así, y así se mostraba. Simple y auténticamente imperfecto. El centro cusqueño al que nos habíamos limitado parecía ficticio, como si hubiera sido diseñado meticulosamente para encantar, para atraparte, con sus señoras ofreciendo masajes en cada esquina, los fotógrafos en la plaza y los jaladores gritando "MachuPicchu" como si fuera su último día de trabajo. Parecía que había sido construído únicamente para el ojo turístico.


En mi caso, pude encontrar a Cusco en esa imperfecta periferia de segundo plano. La encontré en cada sonrisa que alguien nos dedicaba cuando le ofrecíamos pan relleno, en la vista silenciosa del departamento, en la médica que me atendió cuando me enfermé, en la energía de los y las jóvenes de las escuelas de danza barriales que se preparaban para el carnaval en la plazita, en la paz revitalizante del Templo de la Luna y en la convivencia entre risas y pan con Juanpe y Alan. Cusco fue más, mucho más, que pagar por todas las excursiones, o sacarse una foto con una llama. Cusco se animó a mostrarnos su faceta humilde y humana, auténtica y cotidiana, y aún habiéndonos enseñado sus defectos, logró hacerle honor a su inmensa preciosura.

La foto hermosa que adjunto nos la sacó nuestro gran amigo Alan (@alannoimporta) volviendo de una caminata exhaustiva y revitalizante.

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